2 de junio de 2011

Las aventuras del Gelipe

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Un vato llamado Gelipe, chaparrito y borrachín, se fue al otro laredo pa’ desayunar con los importantes. Muy emocionado por la invitación, se puso sus mejores trapos y los güeros le dijeron que sí, que era un buen valedor, que les gustaba cómo estaba haciendo la chamba, que siguiera así, pero que le bajaran a los madrazos, que no había necesidad de tanto tiro, de tanto descabezado, de tantos moridos sin sepultura.

Pero Gelipe tomó lo bueno de todo esto. Se olvidó de los regaños y dijo a los periodiqueros que dijeran solo lo bueno, que en 45 minutos los pinches dientones no alcanzaron a decirle lo grande que era, lo mucho que había cambiado este país muerto de hambre, jodido, que no importaba que la gente se apedreara por un bolillo, que las cosas eran más buenas de lo que eran. Él sabía que mientras no dejara de hacerle caso al negrito que vive en la casa del color opuesto, tendría sus centavitos seguros pa’ cuando se retirara.

Y así se regresó el Gelipe a su casita en los arbolitos, bien contento y bien orgulloso de haberse ganado una palmadita en el hombro de esos pinches güeros mariguanos, que de no ser tan atascados acá no tendríamos de dónde sacar tanto billete verde pa’ tragar y pa’ darle su mochada a todo el mundo, sobre todo a los azules que siempre andan muertos de hambre.

Viendo las cosa desde lejos (Gelipe no es güey, aunque los demás lo crean), se dio cuenta que en este país de guarachudos no lo aprecian en lo que vale.

Que se jodan, dijo, y se echó un güisquito.

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